Daniel tiene 17 años, una familia, una novia y una rata. De esas blancas, pequeñas, con ojos rojos y rabo largo. El futuro de esta
ratita era alimentar a una serpiente.
Daniel que es un joven sensible se apiado y la compró. La
ratita blanca y
Daniel se hicieron inseparables y él la llevaba consigo por ejemplo entre su camiseta y su cuerpo. Un día mientras iba en bicicleta con su novia y con la
ratita en su bolsillo hubo un pequeño accidente. La novia de
Daniel frenó por un
semáforo en rojo y
Daniel también pero se cayó. El resultado, por culpa de la desidia de los
políticos de no
prever sistemas seguros para las
ratitas, fue que esta se rompió dos tibias y dos peronés. El veterinario dudó entre operar o no, es muy joven aseveró con prudencia, pero al final y después de una noche de vigilancia intensiva, unas cuantas placas metálicas y 300 euros, de los ahorros del joven, la
ratita de ojos rojos y rabo largo corretea alegremente por el piso de la familia de
Daniel.